Nuestra investigación parte de una premisa clínica validada: el aislamiento social sostenido no solo es un factor de riesgo para la depresión, sino un acelerador directo del deterioro cognitivo.
A lo largo de los últimos años, hemos estudiado cómo la falta de estímulos conversacionales diarios reduce la plasticidad sináptica en personas mayores. La soledad no deseada actúa como un estresor crónico que altera los biomarcadores asociados a la salud cerebral.
«No se trata de sustituir el contacto humano, sino de proporcionar una red de seguridad neuro-estimulante cuando ese contacto no es posible. La IA debe ser un puente, no un muro.»
Nuestros modelos algorítmicos (integrados en proyectos como AID-G) están diseñados no solo para mantener un diálogo fluido, sino para analizar patrones de lenguaje, detectar signos tempranos de apatía y fomentar rutinas cognitivas mediante una interacción proactiva y empática.